Estaban reunidos con el objetivo de disfrutar una tarde amena, ante la presencia del frío invierno puertas afuera. Si bien no tenían ni estufa ni hogar a leña encendido, todos vestían abrigos ya sea de pieles, con plumas o de lana.
Después de discutir por largo rato cuál sería el juego al que iban a dedicar la tarde, se resolvió que el más adecuado era el de las imitaciones. Como eran varios y los timbres de voz eran muy diferentes entre sí, iba a ser divertido y pasarían una linda jornada.
Decidieron agrupar los participantes en parejas de dos, por lo tanto, el puntaje final se computaría por equipos. Para evitar todo tipo de maniobra fraudulenta hicieron sorteo y finalmente quedaron constituidos cuatro grupos. Por cada imitación bien hecha correspondían diez puntos, regular cinco puntos y cero puntos si resultaba pésima.
La ronda comenzó por el más cercano a la puerta e iba a continuar en torno a las agujas del reloj.
El primer sonido a imitar fue el de un tractor. Celebraron una interpretación más que aceptable, y dieron turno al siguiente. El segundo sonido, bastante más difícil, fue el de un huracán. Todos quedaron asombrados ante tamaña réplica, tanto, que le sumaron tres puntos extra. Era la primera vez que ocurría, en general las imitaciones eran regulares.
Así fueron sucediendo las muestras de habilidad de los participantes. El juego estaba sumamente peleado, cabeza a cabeza.
Le tocó el turno a la última imitadora. Tenía en sus fauces la definición. Los demás comentaban en voz baja que no iba a poder, que cuando estaba bajo presión se bloqueaba y no le salía nada.
Ella, mientras se preparaba, miró a una de las participantes como diciendo: “cerrá el pico querés”. Le había tocado en suerte imitar el croar de un sapo. No era difícil. Tomó aire, se preparó, los demás estaban expectantes, ganar o perder no había otra opción. Todos miraban, la sangre corría con más rapidez, el silencio reinaba, parecía que iba a decir algo. Nada. Tomó aire nuevamente y en el momento menos esperado se escuchó un “Meeeeeeeeeeeeeeee”.
Las carcajadas no se hicieron esperar. Algunos tirados en el piso se descostillaban, otros simplemente lloraban de la risa. Sabían que se trataba de un juego, y que cualquier otra tarde podría tener una mejor performance.
El único que pareció verse afectado fue el lobo. Levantando la voz, y luego de haberlo meditado un tiempo, la invitó a discutir el asunto, afuera y a solas.